Villette
Villette La obra de teatro era lo más importante; de ahí que los preparativos empezaran con un mes de antelación. La elección de los actores exigía sabiduría y cautela; después venían las clases de dicción, de interpretación, y, por último, los fatigosos e innumerables ensayos. Mademoiselle St Pierre, como es lógico, no podía encargarse de todo: se necesitaba otra autoridad, otros conocimientos que los suyos. Y éstos los proporcionaba monsieur Paul Emanuel, el profesor de literatura. Nunca había tenido ocasión de asistir a una de las histriónicas disertaciones de monsieur Paul, pero lo veía a menudo cuando atravesaba el carré (un vestíbulo cuadrado entre la vivienda de madame y el internado). También lo oía en las tardes calurosas, cuando daba clase con la puerta abierta, y su nombre, y las anécdotas sobre él, se multiplicaban. Especialmente nuestra antigua conocida, la señorita Ginevra Fanshawe, elegida para interpretar un papel destacado en la obra, al pasar conmigo gran parte de su tiempo libre, solía salpicar su discurso con alusiones frecuentes a lo que hacía y decía este profesor. Ella lo consideraba terriblemente descortés, y afirmaba sentirse aterrorizada, muy cercana a la histeria, cuando oía sus pasos o su voz. Es cierto que era un hombre menudo y moreno; austero y mordaz. Incluso a mí se me antojaba una aparición severa, con su cabeza de cabellos cortos y negros, su frente ancha y cetrina, sus delgadas mejillas, sus anchos y temblorosos orificios nasales, su mirada perspicaz y sus ademanes apresurados. Se enojaba con facilidad; era ostensible cuando apostrofaba con vehemencia al torpe grupo que tenía a sus órdenes. A veces, aquellas actrices novatas e ignorantes agotaban su paciencia por la falsedad de sus juicios, la frialdad de sus emociones, la debilidad de su interpretación.