Villette
Villette —Écoutez! —gritaba; y entonces su voz resonaba como una trompeta por todo el edificio.
Y cuando, imitándola, se oÃa la vocecita de una Ginevra, una Mathilde o una Blanche, era fácil entender por qué un gruñido ahogado de desprecio o un violento bufido de rabia contestaban al eco insustancial.
—Vous n’êtes donc que des poupées? —le oÃa rugir—. Vous n’avez pas de passions vous autres? Vous ne sentez donc rien? Votre chair est de neige, votre sang de glace? Moi, je veux que tout cela s’allume, qu’il ait une vie, une âme[111]!
¡Vana determinación! Y cuando finalmente descubrió lo inútiles que eran sus esfuerzos, echó abajo el proyecto. Hasta ese momento habÃa estado enseñándoles una gran tragedia; pero la rompió en pedazos y llegó al dÃa siguiente con una pequeña y divertida bagatela. A las alumnas les gustó más; y, a pesar de su torpeza, él consiguió que la aprendieran.
Mademoiselle St Pierre presidÃa siempre las clases de monsieur Emanuel y, según me dijeron, sus modales refinados, su aparente atención, su tacto y su gracia, causaban muy buena impresión en ese caballero. PoseÃa, sin duda, el arte de agradar durante cierto tiempo a quien ella deseara; pero se trataba de un sentimiento efÃmero: al cabo de una hora se secaba como el rocÃo, se desvanecÃa como una telaraña.