Villette
Villette Terminé de vestirme al menos un par de horas antes que las demás, y fue un placer para mí dirigirme, no al jardín, donde los criados estaban sujetando largas mesas, colocando sillas y extendiendo apresuradamente manteles para el refrigerio, sino a las aulas, ahora vacías, silenciosas, frescas y limpias; con las paredes recién pintadas, y los suelos de madera recién fregados y todavía húmedos; con las flores recién cortadas adornando los rincones, y las cortinas recién colgadas embelleciendo los ventanales.
Me metí en la primera clase, una estancia más pequeña y ordenada que las otras, y cogiendo de la librería acristalada, cuya llave guardaba yo, un volumen que parecía interesante, me senté a leer. La puerta de cristal de aquella classe o aula daba al gran cenador; las ramas de acacia acariciaban el vidrio y acababan enlazándose con un rosal que florecía junto al dintel opuesto: en ese rosal zumbaban las abejas, felices y atareadas. Comencé a leer. Justo en el instante en que el tranquilo zumbido, la sombra de la enramada, la cálida y solitaria paz de mi refugio empezaban a restar visión a mis ojos y sentido a la página, y a llevarme por la senda de la imaginación hacia una profunda hondonada en el país de los sueños… justo entonces sonó la campanilla de la puerta principal, con una intensidad desconocida, devolviéndome a la realidad.