Villette
Villette La campanilla llevaba sonando toda la mañana, con las idas y venidas de trabajadores y criados, coiffeurs y tailleuses. Además, todo parecÃa indicar que sonarÃa muchas veces a lo largo de la tarde, pues aún debÃan llegar unas cien alumnas externas en carruajes o fiacres; y que tampoco descansarÃa al anochecer, cuando padres y amigos acudieran en tropel a ver la obra de teatro. En tales circunstancias, un campanillazo, incluso fuerte, era normal; y, sin embargo, aquel sonido tuvo un acento propio que acabó con mis ensueños e hizo caer el libro de mis rodillas.
Estaba agachándome para recogerlo cuando —firmes, veloces, directos— a través del vestÃbulo… a lo largo del pasillo… cruzando el carré, la clase de primero, la clase de segundo y la grande salle, se oyeron unos pasos rápidos, regulares, decididos. La puerta de la primera clase, mi santuario, no opuso la menor resistencia; se abrió de golpe, y un paletot y un bonnet grec[119] llenaron el hueco; dos ojos examinaron vagamente el interior y luego se clavaron en mÃ.
—C’est cela! —dijo una voz—. Je la connais: c’est l’Anglaise. Tant pis. Toute Anglaise, et par conséquent, tout bégueule qu’elle soit - elle fera mon affaire, ou je saurai pourquoi[120].