Villette
Villette Después de comer y de responder a las numerosas preguntas de su madre, se volvió hacia la chimenea. Frente a él, se encontraba el señor Home, y junto a éste, la niña. Cuando digo niña, utilizo un término inapropiado y nada descriptivo, un término que sugiere una imagen muy distinta de la criatura de aspecto grave, vestida con un traje negro y una blusa blanca que le habrían valido a una muñeca grande; sentada ahora en una silla alta al lado de una mesita, sobre la que descansaba un costurero de juguete de madera blanca barnizada; sujetando entre sus manos un trozo de pañuelo al que pretendía hacer un dobladillo traspasándolo tenazmente con una aguja que en sus manos parecía casi un espetón, pinchándose a cada momento, dejando en la batista un rastro de minúsculos puntos rojos, y dando a veces un respingo cuando el arma aviesa escapaba a su control y le infligía una puñalada más profunda de lo habitual; pero siempre callada, diligente, absorta, femenina.
En aquella época, Graham era un joven de dieciséis años, guapo y con aspecto de no ser de fiar. Y no digo esto porque fuera malvado, sino porque la expresión me parece adecuada para describir la hermosa naturaleza céltica (no sajona) de su físico: sus cabellos ondulados de color caoba claro, la fina simetría de sus rasgos, su frecuente sonrisa, no desprovista de fascinación ni de sutileza (en el buen sentido). Era, por entonces, un joven mimado y caprichoso.