Villette
Villette Unos instantes después estábamos fuera; el frescor y la serenidad de la noche parecieron reanimarme. No habÃa luna, pero el resplandor de las numerosas ventanas iluminaba el patio con intensidad, e incluso los senderos… tenuemente. El cielo estaba despejado; el parpadeo de sus fuegos vivos le conferÃa un aspecto grandioso. ¡Qué dulces son las noches del Continente! ¡Qué apacibles, templadas y seguras! Sin niebla; sin frÃa humedad: claras como el mediodÃa, frescas como la mañana.
Después de cruzar el patio y el jardÃn, llegamos a la puerta acristalada de la primera clase. Estaba abierta, como todas las demás; entramos y fui conducida a un pequeño gabinete que separaba esa aula de la grande salle. Me deslumbró ver tantas luces en su interior; me ensordeció el ruido de tantas voces; me asfixió aquel ambiente sofocante y cargado.
—De l’ordre! Du silence! —gritó monsieur Paul—. ¿A qué viene este caos? —preguntó.