Villette

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—Entonces, venga —dijo monsieur Paul, ofreciéndome su mano.

Le di la mía, y él empezó a andar con tanta rapidez que me vi obligada a correr a su lado para no quedarme atrás. Se detuvo un momento en el carré, iluminado con grandes lámparas; las puertas de las clases estaban abiertas, al igual que las puertas del jardín, flanqueadas por enormes macetas con naranjos y tiestos con flores muy altas; algunos grupos de damas y caballeros, elegantemente vestidos, charlaban y paseaban entre las flores. En el interior, las amplias aulas ofrecían el espectáculo de una multitud apiñada y ondulante, rumorosa, zigzagueante, toda en rosa, azul y un blanco translúcido. Arañas de cristal brillaban en lo alto; y al fondo había un escenario, con un majestuoso telón verde y unas candilejas.

—N’est-ce pas que c’est beau[129]? —inquirió mi compañero.

Debería haber dicho que sí, pero se me encogió el corazón. Monsieur Paul se percató de ello, me miró ceñudo con el rabillo del ojo y me sacudió un poco en pago a mis esfuerzos.

—Haré cuanto pueda, pero ¡ojalá hubiera acabado todo! —exclamé, antes de preguntarle—: ¿Tenemos que atravesar esa muchedumbre?

—De ningún modo, sé hacer mejor las cosas: iremos por el jardín.


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