Villette
Villette En un instante renuncié a mi trono y desalojé el desván; el mismo torbellino que me habÃa llevado hasta allÃ, me obligó a bajar… y bajar… y bajar hasta la mismÃsima cocina. Pensé que acabarÃa en el sótano. La cocinera recibió la imperiosa orden de traer comida, y a mà se me conminó igualmente a tomar el refrigerio. Para mi satisfacción, sólo me ofrecieron café y un pastel: habÃa temido que me dieran vino y dulces, que no me gustaban. No sé cómo adivinó monsieur Paul cuánto deseaba un petit pâté à la crème; pero salió y me consiguió uno. Comà y bebà de muy buena gana, guardando el petit pâté para el final, como una bonne bouche. Monsieur Paul supervisó aquel banquete, y casi me forzó a engullir más de lo que podÃa.
—À la bonne heure —exclamó, cuando le dije que no podÃa comer más y le supliqué, alzando las manos, que me perdonara el último bollo que acababa de untar con mantequilla—. Pensará usted que soy una especie de tirano y de Barba Azul que deja morir de hambre a las mujeres en un desván; pero no soy nada de eso. Y ahora, mademoiselle, ¿se siente usted con fuerzas y valor para aparecer en escena?
Le respondà que asà lo creÃa; aunque, en realidad, estaba muy confusa y apenas podÃa decir cómo me sentÃa: pero aquel hombrecillo era de ese tipo de personas a las que resulta imposible llevar la contraria, a menos que uno posea suficiente autoridad para aplastarla.