Villette
Villette No me atraía la idea de vestirme de hombre, y tampoco pensé que me favoreciera. Había aceptado interpretar un papel masculino; en cuanto al traje… halte là! No. Llevaría mi propio vestido; pasara lo que pasara. Monsieur Paul podía ponerse hecho una furia, montar en cólera: llevaría mi propio vestido. Lo dije con una voz tan decidida en su propósito como baja en su tono, y quizá temblorosa en su locución.
Él no se puso hecho una furia ni montó en cólera, como yo había esperado: guardó silencio. Pero Zélie volvió a entrometerse.
—Será un estupendo petit-maître. Aquí está su vestimenta, toda… al completo: le vendrá algo grande, pero yo la arreglaré. Venga, chère amie, belle Anglaise!
Y sonrió desdeñosa, pues yo no era precisamente belle. Me cogió de la mano, empezó a tirar de mí. Monsieur Paul continuó impasible, neutral.
—No debe resistirse —prosiguió Zélie St Pierre; pues realmente yo me resistía—. Lo estropeará todo, echará a perder la alegría de la obra y la diversión de la compañía, sacrificará todo por su amour-propre. Sería demasiado horrible… Monsieur jamás lo permitirá, ¿verdad?
Buscó sus ojos y yo la imité. Monsieur Paul la miró a ella y luego a mí.