Villette
Villette Pero ahora se acercaba el momento de empezar la función. Monsieur Paul nos colocó frente a él, y nos arengó brevemente, como un general dirigiéndose a sus soldados antes de cargar contra el enemigo. No recuerdo bien lo que dijo, sólo sé que nos recomendó tener siempre presente nuestra propia valía. Dios sabe que aquel consejo me pareció superfluo para algunas de nosotras. Tintineó una campanilla. Me condujeron al escenario con otras dos actrices. La campanilla volvió a tintinear. Yo tenía que pronunciar las primeras palabras.
—No mire al público, olvídese de él —me susurró monsieur Paul al oído—. Imagine que está en el desván, actuando para las ratas.
Desapareció. Se alzó el telón, que quedó enrollado en el techo; el brillo de las luces, la amplitud de la estancia, la alegría de la multitud se nos vinieron encima. Pensé en los escarabajos negros, en las viejas cajas, en los escritorios comidos por la carcoma. Dije mi parte torpemente; pero la dije. Aquel primer parlamento era el más difícil; y me desveló algo: que no temía tanto al público como a mi voz. Aquella muchedumbre de extranjeros y desconocidos no significaba nada para mí. Ni siquiera pensaba en ellos. Cuando mi lengua se liberó, y mi voz recuperó su verdadero tono y su inflexión natural, centré toda mi atención en el personaje que interpretaba… y en monsieur Paul, que estaba escuchando, observando, ejerciendo su tarea de apuntador.