Villette

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Lo cierto es que en el salón de baile no había un solo espectador masculino que no estuviera casado ni tuviera hijos, si exceptuamos a monsieur Paul, el único caballero, además, que podía sacar a bailar a una alumna; si desempeñaba aquel papel excepcional era porque se trataba de una costumbre arraigada (pues era pariente de madame Beck, y gozaba de su confianza), porque le gustaba salirse con la suya y hacer lo que le venía en gana, y porque, a pesar de su obstinación, vehemencia y parcialidad, era el honor personificado, y se le podía confiar todo un regimiento de hermosas e inocentes jovencitas con la completa seguridad de que, bajo su tutela, no sufrirían el menor daño. Muchas de las alumnas, entre paréntesis, no eran nada ingenuas, sino todo lo contrario; pero no se atrevían a mostrar su naturaleza vulgar en presencia de monsieur Paul, ni a herir sus sentimientos, reírse en su cara durante una fogosa reprimenda, o hablar en voz alta cuando un ataque de furia cubría su semblante humano con la máscara de un tigre inteligente. Así, pues, monsieur Paul podía bailar con quien quisiera… y ¡ay de aquélla que le hiciera perder el paso!





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