Villette

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—¡Santo cielo! ¡Qué felicidad! —repliqué—; pero no sea inhumana, señorita Fanshawe: meterme esa idea en la cabeza es como dejar que el desdichado y maldecido Caín vislumbre a lo lejos el Paraíso.

—Entonces, ¿le gusta?

—Del mismo modo que me gustan los dulces, las mermeladas, las confituras y las flores de invernadero.

Ginevra admiró mi gusto, pues adoraba todas esas cosas; así que no le costó creer que me ocurriera lo mismo.

—Ahora… Isidore —proseguí.

Reconozco que sentía más curiosidad por verlo a él que a su rival; pero Ginevra continuaba absorta en de Hamal.

—Alfred ha sido admitido esta noche —explicó— gracias a su tía, madame la baronesa de Dordolot; y ahora, después de haberlo conocido, ¿entiende por qué he estado de tan buen humor, y he actuado tan bien, y he bailado con tanta animación, y por qué soy tan feliz como una reina? Dieu! Dieu! Ha sido tan divertido mirarle primero a él y luego al otro, y volverlos locos a los dos.

—Pero el otro… ¿dónde está? Enséñeme a Isidore.

—No quiero.

—¿Por qué?

—Me avergüenzo de él.


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