Villette
Villette Creo que habrÃa reconocido al victorioso Alfred de Hamal sin ninguna ayuda. Era un pequeño dandi de nariz recta y facciones correctas. Y digo pequeño dandi, aunque era de estatura media, porque sus rasgos eran pequeños, al igual que sus manos y sus pies; y era guapo, e iba cuidadosamente afeitado y tan peripuesto como un muñeco: tan bien vestido, con los cabellos tan bien rizados, y calzado, enguantado y encorbatado con tanto primor… ¡un verdadero encanto! Asà lo manifesté.
—¡Qué personaje tan cautivador! —exclamé, y elogié calurosamente el gusto de Ginevra.
Le pregunté, asimismo, qué pensaba que harÃa Alfred de Hamal con los preciosos fragmentos de ese corazón que ella habÃa roto… ¿los guardarÃa en un frasco de perfume y los conservarÃa en esencia de rosas? Observé también, con inmensa satisfacción, que las manos del coronel no eran mucho más grandes que las de la señorita Fanshawe, y señalé lo ventajosa que podÃa ser esa circunstancia, pues de ese modo él podrÃa usar sus guantes en caso necesario. De sus encantadores rizos, le dije que me parecÃan adorables; en cuanto a su frente griega y a su exquisita cabeza clásica, confieso que no encontraba palabras para describir con justicia tanta perfección.
—¿Y si estuviera enamorado de usted? —señaló jubilosa y cruelmente Ginevra.