Villette
Villette —Al contrario, la considero inteligente, a su manera… muy inteligente, a decir verdad. Pero hablaba usted de romper corazones, esa diversión tan edificante cuyos méritos no alcanzo a comprender; asà que dÃgame, se lo ruego, empujada por su vanidad, ¿a quién cree haber destrozado esta noche?
Ella acercó sus labios a mi oÃdo.
—Isidore y Alfred de Hamal están los dos aquà —susurró.
—¿En serio? Me gustarÃa verlos.
—¡Querida mÃa! ¡Por fin se ha despertado su curiosidad! Venga conmigo y se los señalaré.
Encabezó orgullosamente la marcha.
—Pero no podrá verlos bien desde las aulas —dijo, dándose la vuelta—. Madame no les deja acercarse. Será mejor que crucemos el jardÃn, entremos por el pasillo y nos acerquemos a ellos por detrás: nos reñirán si nos ven, pero qué más da.
Por una vez, no me importaba. Cruzamos el jardÃn, nos metimos en la casa por una pequeña puerta privada y, acercándonos al carré protegidas por la sombra del pasillo, conseguimos ver de cerca al grupo de jeunes gens.