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—Es tan encantadora que uno no puede evitar ser afectuoso. Usted… cualquier mujer mayor que ella, debe de sentir por una criatura tan sencilla e inocente una especie de cariño maternal o de hermana mayor. ¡Es un ángel! ¿Acaso no se emociona cuando ella le hace sus confidencias, puras e ingenuas? ¡Es usted un ser privilegiado! —y suspiró.

—Lo cierto es que, de vez en cuando, interrumpo esas confidencias con cierta brusquedad —afirmé—. Pero disculpe, doctor John, ¿puedo cambiar de tema por un instante? ¡Ese de Hamal tiene una belleza sobrehumana! ¡Qué nariz… realmente perfecta! Si modeláramos una en arcilla, no lograríamos hacerla mejor, o más recta, o más cuidada; y, además, esos labios y ese mentón tan clásicos… y su porte… sublime.

—De Hamal es un petimetre espantoso, y un héroe de lo más pusilánime.

—Usted, doctor John, y cualquier hombre menos refinado que de Hamal, ha de sentir por él una especie de cariñosa admiración, como la que profesaban Marte y las deidades más simples por el joven y elegante Apolo.

—¡Un petimetre jugador y sin principios! —dijo secamente el doctor John—. Yo podría levantarlo cualquier día con una sola mano, y arrojarlo a la perrera si quisiese.

—¿Al dulce serafín? —exclamé—. ¡Qué idea tan cruel! ¿No es usted un poco severo, doctor John?


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