Villette
Villette «En efecto —pensé yo—, pero no puedo decÃrselo. Además, si le respondiera que Ginevra no le ama, usted no me creerÃa».
—Está muy callada —continuó él—. Supongo que no tiene ninguna buena noticia que darme. Lo mismo da. Si sólo despierto en ella aversión y frialdad, es señal de que no la merezco.
—¿Acaso duda de sà mismo? ¿Se considera inferior al coronel de Hamal?
—Amo a la señorita Fanshawe mucho más de lo que Alfred de Hamal es capaz de amar a cualquier ser humano, y la cuidarÃa y protegerÃa mucho mejor que él. En lo que concierne a de Hamal, me temo que ella se hace demasiadas ilusiones; conozco el carácter de ese hombre, todos sus antecedentes, todos sus enredos. No es digno de su joven y hermosa amiga.
—Mi «joven y hermosa amiga» deberÃa ser consciente de eso, y saber o advertir quién es digno de ella —exclamé—. Si su belleza o su inteligencia no le sirven para verlo, le estará bien empleada la amarga lección de la experiencia.
—¿No es usted un poco severa?
—Soy terriblemente severa… mucho más de lo que pienso mostrarle a usted. TendrÃa que oÃr las crÃticas que dirijo a mi «joven y hermosa amiga», aunque le escandalizarÃa sobremanera mi falta de ternura y de consideración hacia su delicada naturaleza.