Villette
Villette —No esté apesadumbrado ni afligido —exclamé—. Si hay una pequeña partÃcula en Ginevra que merezca su afecto, ella sentirá… debe sentir devoción por usted. AnÃmese, doctor John, no desespere. ¿Quién puede tener esperanzas si no es usted?
A cambio de mis palabras recibà —lo que, como es natural, merecÃa— una mirada de sorpresa: me pareció que no faltaba en ella cierta censura. El doctor y yo nos separamos, y entré en la casa aterida. El reloj y las campanas señalaron la medianoche; la gente empezaba a marcharse: la fiesta habÃa terminado; las lámparas se extinguÃan. Una hora más tarde, tanto la casa como el pensionnat se hallaban oscuros y silenciosos. Yo también estaba acostada, pero no dormÃa. No era fácil para mà conciliar el sueño después de un dÃa tan agitado.