Villette
Villette Después de la fiesta de madame Beck, con las tres semanas anteriores de holganza, las escasas doce horas de disipación y alegrÃa, y el dÃa siguiente de completa languidez, llegó un perÃodo de reacción; dos meses de aplicación extrema, de estudio firme y concienzudo. Aquellos dos meses, los últimos de l’année scolaire, eran los únicos en que se trabajaba realmente. Se aplazaba hasta ellos —y, tanto profesores como alumnas, concentraban en ellos— el esfuerzo principal para preparar los exámenes que precedÃan a la distribución de premios. Las candidatas tenÃan que trabajar duramente; los profesores tenÃan que arrimar el hombro, alentar a las más rezagadas, y ayudar y enseñar diligentemente a las más prometedoras. DebÃa efectuarse una espectacular demostración —una brillante exhibición— ante el público, y todos los medios eran buenos para ese fin.
Apenas me fijé en lo que hacÃan otros profesores; me bastaba con preocuparme de lo mÃo: y era una tarea bastante onerosa, pues tenÃa que inculcar en unos noventa cerebros las oportunas nociones de lo que ellos consideraban una ciencia sumamente complicada y difÃcil: la lengua inglesa; y entrenar noventa lenguas en lo que para ellas constituÃa una pronunciación casi imposible: el ceceo y el siseo propio de las islas.
