Villette
Villette Llegó el dÃa de los exámenes. ¡Terrible dÃa! Preparado con celoso cuidado, las alumnas se vistieron para él con silenciosa diligencia: nada vaporoso ni ondulante esta vez, nada de gasa blanca ni de cintas azul celeste; el arreglo personal fue rápido y disciplinado. SentÃa que aquel dÃa estaba especialmente condenada al fracaso, era la profesora en la que recaÃa el peso principal y la prueba más difÃcil. Las demás no tenÃan que examinar de las asignaturas que impartÃan; se encargaba de ello monsieur Paul, el profesor de literatura. Él, autócrata de aquel colegio, empuñaba todas las riendas con una sola mano; rechazaba airado a cualquier otro colega; no aceptaba la menor ayuda. La propia madame, que sin duda deseaba encargarse del examen de geografÃa —materia que enseñaba muy bien, además de ser su favorita—, se veÃa obligada a ceder y a someterse a la autoridad de su despótico pariente. Monsieur Paul prescindÃa de todo el profesorado, hombres y mujeres, y subÃa solo al estrado del examinador. Le irritaba tener que hacer una excepción a esa regla. No dominaba el inglés: no tenÃa más remedio que dejar esa rama de la educación en manos de la profesora de esa asignatura; algo que hacÃa, no sin un destello de celos infantiles.