Villette

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Estuvo a punto de caérseme el alma a los pies; los deseos más enfermizos tensaron sus fibras. ¡Qué largos eran los días de septiembre! ¡Qué silenciosos y sin vida! ¡Qué inmenso y vacío parecía el desolado edificio! ¡Qué lúgubre el jardín abandonado… tan gris ahora con el polvo de una ciudad desierta! Cuando miraba hacia delante en el inicio de aquellas ocho semanas, apenas sabía cómo iba a sobrevivir hasta el final. Hacía mucho tiempo que mi ánimo decaía poco a poco; y al faltarme el respaldo del trabajo, pareció desplomarse. Ni siquiera mirando hacia delante recobraba la esperanza: el tedioso futuro no me ofrecía consuelo, ni promesa alguna, ni el menor aliciente para soportar el dolor de entonces con la confianza en un bien venidero. A menudo me embargaba una triste indiferencia a la vida… una penosa resignación a que pronto llegara el fin de todas las cosas terrenas. ¡Ay! Cuando disponía de mucho tiempo libre para contemplar la vida como deben contemplarla las personas de mi especie, tenía la impresión de que no era más que un desierto baldío: arenas color pardo rojizo, sin prados verdes, ni palmeras, ni un pozo a la vista. No conocía ni osaba conocer las esperanzas propias de la juventud, que tanto animan y alientan a seguir adelante. Si alguna vez llamaban a la puerta de mi corazón, una barra inhóspita impedía su entrada. Cuando se alejaban, así rechazadas, lágrimas de tristeza corrían por mis mejillas; pero no podía evitarse: me faltaba valor para dar cobijo a semejantes huéspedes. ¡Me inspiraba un temor tan desmedido el pecado y la debilidad de la presunción!


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