Villette

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¿Supone el lector que tuve la osadía de ponerme de nuevo al alcance de aquel digno sacerdote? Antes me habría metido en un horno babilónico. Aquel sacerdote tenía armas que podían influir en mí; era un hombre compasivo, con una bondad sentimental muy francesa, a cuya dulzura yo sabía que no era totalmente inmune. Si exceptuamos cierto tipo de afectos, apenas había alguno, arraigado en la realidad, al que yo pudiera confiar en tener fuerzas para resistirme. Si hubiera ido a visitarlo, el sacerdote me habría mostrado cuánto hay de tierno, reconfortante y amable en la honrada superstición papista. Luego habría tratado de encender, soplar y avivar en mí el celo por las buenas obras. No sé cómo habría acabado aquel asunto. Todos nos creemos fuertes en algunas cuestiones, todos nos sabemos débiles en otras muchas; lo más probable es que, de haber acudido a la rue des Mages número diez en el día y en la hora señalados, en estos instantes, en lugar de escribir este herético relato, estaría rezando el rosario en un convento de carmelitas del Boulevard de Crécy en Villette. Había algo de Fénélon[144] en aquel anciano y bondadoso sacerdote; y sean como sean la mayoría de sus hermanos, y piense yo lo que piense de su Iglesia y de su credo (ninguno de los dos son de mi agrado), siempre guardaré de él un recuerdo agradecido. Fue amable conmigo cuando yo necesitaba amabilidad; me hizo mucho bien. ¡Que Dios le bendiga!


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