Villette

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Demasiado débil para investigar a fondo el misterio, traté de resolverlo diciéndome que era un error, un sueño, un delirio febril; y, sin embargo, sabía que no me equivocaba y que no estaba dormida, y creía estar en mis cabales. ¡Ojalá la estancia no hubiera estado tan bien iluminada! Así no habría visto con tanta claridad los pequeños retratos, los adornos, las pantallas, la silla bordada. Todos esos objetos, así como los muebles de damasco azul, eran exactamente los mismos que yo recordaba, y había conocido tan bien, en el salón de la casa de mi madrina en Bretton. Al parecer, sólo había cambiado la habitación, pues sus proporciones y su tamaño eran diferentes.

Pensé en Hasán Bedru-d-Din, conducido en sueños desde el Cairo hasta las puertas de Damasco[147]. ¿Había detenido un genio sus oscuras alas en medio de aquella tempestad —a cuya violencia yo había sucumbido—, y me había recogido en los escalones de la iglesia para, «remontando el vuelo», como dice el cuento oriental, llevarme por encima de tierras y mares y depositarme dulcemente junto a una chimenea de la vieja Inglaterra? Pero no; sabía que el fuego de aquel hogar ya no ardía ante sus lares… hacía mucho tiempo que se había apagado, y los dioses de la casa habían sido trasladados a otro lugar.


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