Villette
Villette La bonne se volvió para mirarme y, al ver en mis ojos desmesuradamente abiertos una expresión de inquietud y excitación, dejó a un lado sus labores. Durante unos instantes, pareció muy ajetreada en una pequeña tarima; sirvió agua en un vaso y le añadió unas gotas de un frasco: con el vaso en la mano, se acercó a mí. ¿Qué pócima oscura estaría ofreciéndome? ¿Qué elixir de genio o bebedizo de mago?
Era demasiado tarde para preguntar; lo había bebido de golpe, con la mayor pasividad. Una marea de pensamientos apacibles acarició delicadamente mi cerebro; la corriente subía poco a poco, con leves ondulaciones más suaves que un bálsamo. El dolor y la debilidad abandonaron mis miembros, mis músculos se durmieron. No podía moverme; pero, al perder al mismo tiempo todo deseo de actividad, no me sentí privada de nada. Aquella amable bonne colocó una pantalla entre la lámpara y yo; vi cómo se levantaba para hacerlo, pero no recuerdo haber sido testigo de cómo volvía a su asiento: entre esos dos actos, me quedé dormida.