Villette
Villette Cuando me desperté, ¡todo habÃa cambiado de nuevo! La luz del dÃa envolvÃa la estancia; no una luz cálida, estival, sino la triste penumbra del crudo y tormentoso otoño. Tuve la certeza de encontrarme en el pensionnat: por la lluvia que golpeaba en las ventanas; por el rugido del viento entre los árboles, que indicaba la presencia de un jardÃn en el exterior; por el frÃo, la blancura y la soledad que me rodeaban. Y digo blancura, pues las colgaduras de brocado de algodón que adornaban la cama francesa me impedÃan ver cualquier otra cosa.
Las levanté; miré fuera. Mis ojos, dispuestos a contemplar un enorme dormitorio con las paredes encaladas, parpadearon sorprendidos al encontrar el reducido espacio de un pequeño gabinete… un gabinete pintado de color verdemar; y, en lugar de cinco ventanales desnudos, una celosÃa de gran altura con adornos de muselina; y, en vez de dos docenas de pequeños soportes de madera pintada, cada uno con su aguamanil y su palangana, un tocador vestido como una dama para un baile —traje blanco sobre falda rosa—, coronado por un espejo grande y reluciente, y con un bonito alfiletero rodeado de encaje. Este tocador, junto con una pequeña butaca de chintz verde y blanco, y un lavamanos de mármol, con utensilios de loza de color verde pálido, bastaban para amueblar la diminuta habitación.