Villette
Villette Lector, ¡me sentà aterrada! «¿Por qué?», te preguntarás. ¿Qué habÃa en aquella sencilla y, en cierto modo, hermosa alcoba para asustar a la más tÃmida de las criaturas? Sencillamente esto: que aquellos muebles… sólidas butacas, espejos, lavamanos… no podÃan ser reales, tenÃan que ser fantasmas del pasado; o, si se rechazaba esta hipótesis por descabellada —y, a pesar de mi confusión, yo la rechazaba—, sólo se podÃa llegar a la conclusión de que mi estado mental era anómalo; en pocas palabras, que me encontraba muy enferma y deliraba: e incluso entonces, mis alucinaciones eran las más extrañas con que el delirio ha hostigado jamás a una vÃctima.
Reconocà —no tuve más remedio— el chintz verde y la pequeña silla; el marco negro y brillante, con hojas talladas, de aquel espejo; las suaves piezas glaucas de loza; y el propio lavamanos, con su encimera de mármol gris y la esquina descascarillada. No tuve más remedido que reconocer y saludar a todo aquello del mismo modo que la noche anterior habÃa tenido que reconocer y saludar, forzosamente, a los muebles de palisandro, a los cortinajes y a las porcelanas del salón.