Villette
Villette A pesar de todo lo que habÃa soportado —el agotamiento fÃsico, el trastorno del ánimo, las inclemencias del tiempo—, me sentÃa mejor: la fiebre, la enfermedad real que habÃa agarrotado mi cuerpo, estaba remitiendo; pues, mientras que en los últimos nueve dÃas habÃa sido incapaz de probar nada sólido y habÃa sufrido una sed constante, aquella mañana, cuando me ofrecieron el desayuno, sentà un deseo muy intenso de alimentarme: una debilidad interior que me hizo beber con avidez el té que aquella dama me ofrecÃa, y comer el bocado de pan que me permitió tomar de acompañamiento. No fue más que un bocado, pero me bastó para conservar las fuerzas hasta que, dos o tres horas después, apareció la bonne con una pequeña taza de caldo y una galleta.
Empezó a oscurecer; el viento, gélido e incansable, seguÃa soplando con furia y, más que llover a cántaros, diluviaba. Empecé a estar cansada… muy cansada de mi cama. La alcoba, aunque bonita, era pequeña: me sentÃa encerrada; anhelaba un cambio. El frÃo y la penumbra, cada vez mayores, me deprimÃan. QuerÃa ver… sentir el calor de la lumbre. Además, no dejaba de pensar en el hijo de la respetable dama: ¿cuándo lo verÃa? Era evidente que no conseguirÃa hacerlo hasta salir de aquella habitación.