Villette
Villette Por fin vino la bonne a hacerme la cama para la noche. Se disponÃa a envolverme en una manta y a sentarme en la pequeña butaca de chintz, pero yo rechacé su ayuda y empecé a vestirme. Cuando, al terminar, me senté para recobrar el aliento, volvió a aparecer la señora Bretton:
—¿Vestida? —exclamó, esbozando aquella sonrisa que yo conocÃa tan bien; una sonrisa agradable, aunque careciera de dulzura—. Eso significa que está mucho mejor, ¿verdad? ¿Ha recuperado usted las fuerzas?
Me habló en un tono tan parecido al de antaño que llegué a pensar que empezaba a reconocerme. HabÃa en sus modales y en su voz el mismo aire protector que empleaba conmigo cuando era niña, y que yo, además de aceptar, adoraba; no se fundaba en aspectos tan convencionales como una mayor riqueza o una mejor posición social (en este último nunca hubo desigualdad, pues las dos éramos de la misma clase), sino en algo tan natural como la superioridad fÃsica: era el refugio que los árboles ofrecen a la hierba. Le hice una petición sin más cumplidos.
—¿Me permite bajar, madame? Tengo tanto frÃo y estoy tan aburrida…
—Nada me gustarÃa más, si se siente lo bastante fuerte —respondió—. Vamos, deme el brazo.