Villette
Villette Un minuto después, comprendí que había oído algo, pues levantó la vista de la página e inclinó ligeramente la cabeza en dirección a la puerta. Su rostro se iluminó; y entonces incluso mi oído, menos ejercitado, percibió el ruido del cierre de una verja, pasos en la grava y, finalmente, el campanillazo de la puerta. Había llegado Graham. Su madre llenó la tetera y acercó a la lumbre el cómodo sillón azul; el sillón que le correspondía por derecho, aunque yo sabía de alguien que podía quitárselo con impunidad. Y ese alguien subió las escaleras —supongo que tras dedicar unos minutos a su arreglo personal, algo necesario por culpa del viento y de la lluvia— y entró a grandes zancadas en la habitación.
—¿Eres tú, Graham? —dijo bruscamente la señora Bretton, disimulando una sonrisa.
—¿Quién más podría ser, mamá? —preguntó el Impuntual, apoderándose irrespetuosamente del trono que su madre había abandonado.
—Tendrías que tomarte el té frío por llegar tan tarde…
—Pues no recibiré mi merecido, la tetera silba alegremente.
—Ven a la mesa, holgazán: ningún asiento te gusta tanto como el mío; si tuvieras el menor sentido del decoro, siempre dejarías ese sillón a la Anciana Dama.