Villette
Villette Me ayudó a sentarme en el sofá, pero no tardé en colocarme tras él, afirmando que el calor era sofocante; a su sombra descubrà otro asiento que me gustó más. La señora Bretton era muy respetuosa con los demás; dejó que hiciera mi voluntad sin decirme nada. Preparó el té y cogió el periódico. Yo observaba complacida todas las acciones de mi madrina; sus movimientos eran sumamente juveniles: debÃa de tener unos cincuenta años, pero la herrumbre de la vejez no parecÃa haber rozado ni su vigor ni su ánimo. A pesar de su corpulencia, estaba siempre alerta y, a pesar de su serenidad, se mostraba a veces impetuosa; la buena salud y el excelente carácter la conservaban tan fresca y lozana como en su juventud.
Me di cuenta de que, mientras leÃa, estaba pendiente de la llegada de su hijo. No era de esas mujeres que manifiestan su inquietud, pero el tiempo no mejoraba y, si Graham continuaba a la intemperie, en medio de aquel fuerte viento que rugÃa insaciable, sabÃa que el corazón de su madre estarÃa con él.
—Diez minutos tarde —exclamó, mirando su reloj.