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Pues, lector, aquel joven alto que me había acogido en su casa… aquel hijo adorado… aquel Graham Bretton era el doctor John: él y ningún otro; y he de añadir que averiguar su identidad apenas me sorprendió. Y, aún más, cuando oí los pasos de Graham en la escalera, supe qué persona entraría, y para qué imagen debía preparar mis ojos. El descubrimiento era anterior, algo que yo había percibido hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, yo recordaba muy bien al joven Bretton; y, aunque en diez años (desde los dieciséis hasta los veintiséis) había dejado de ser un muchacho para convertirse en un hombre, el cambio no era tan grande para enturbiar mi vista o confundir mi memoria. El doctor John Graham Bretton conservaba todavía un gran parecido con el joven de dieciséis años: tenía sus ojos; tenía alguno de sus rasgos; a saber, aquella mitad inferior del rostro tan bien moldeada. No tardé en adivinar su identidad. Lo reconocí por primera vez en aquella ocasión, relatada unos capítulos atrás, en que le miré de un modo tan inquisitivo que él me echó una especie de reprimenda. Una observación posterior confirmó, en todos los sentidos, aquella temprana conjetura. Encontré en los ademanes, en el porte y en los hábitos del hombre, cuanto prometía de muchacho. Escuché en su tono de voz, que ahora era grave, la inflexión de antaño. Algunas de las expresiones que empleaba de niño, seguían siendo peculiares en él; y lo mismo ocurría con los gestos de los ojos y de los labios, con la sonrisa y con el repentino fulgor de las pupilas bajo sus bien dibujadas cejas.


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