Villette
Villette Decirle algo al respecto, insinuarle mi descubrimiento, habría sido impropio de mi forma de ser o de pensar. Había preferido, por el contrario, guardarme el secreto para mí. Me gustaba estar en su presencia envuelta en una nube que su mirada era incapaz de traspasar, mientras él aparecía ante mí bajo una luz muy especial que resplandecía sobre su cabeza, temblaba alrededor de sus pies e iluminaba únicamente su figura.
Sabía que a él le resultaría indiferente que yo diera un paso hacia delante y anunciara: «¡Soy Lucy Snowe!». De modo que me oculté tras mi puesto de profesora; y como nunca preguntó mi nombre, nunca se lo dije. Él oía que me llamaban «señorita» y «señorita Lucy»; jamás escuchó el apellido «Snowe». En cuanto a la posibilidad de que me reconociera motu proprio (a pesar de que yo había cambiado aún menos que él), si la idea no se le había pasado nunca por la cabeza, ¿por qué iba a sugerírsela yo?
Durante el té, el doctor John fue muy amable, pues su naturaleza le impedía ser de otra manera; cuando acabamos de comer y retiraron la bandeja, arregló cuidadosamente los cojines en un extremo del sofá y me obligó a recostarme en ellos. Su madre y él se acercaron también al fuego y, antes de que hubieran transcurrido diez minutos, vi los ojos de la señora Bretton clavados en mí. No hay duda de que las mujeres son más rápidas que los hombres en algunas cosas.