Villette
Villette Mi pequeño y tranquilo cuarto parecía en cierto modo una cueva en medio del mar. No había más colores en él que el blanco y el verde pálido, que recordaban la espuma y las profundidades marinas; la cornisa blanquecina estaba decorada con ornamentos en forma de concha, y había molduras blancas semejantes a delfines en las esquinas del techo. Incluso el toque de color en el alfiletero de raso rojo guardaba afinidad con el coral; y el oscuro y brillante espejo podría haber reflejado la imagen de una sirena. Cuando cerraba los ojos, oía el fuerte viento, que al fin parecía amainar, estrellándose contra la fachada de la casa como el oleaje contra las rocas. Sentía cómo se acercaba antes de volver a retirarse lejos, muy lejos, como una marea que se alejara de la costa en el mundo sobrenatural: un mundo tan elevado que el embate de las enormes olas, la violencia de los rompientes, sólo resonaban en aquella casa submarina como unos murmullos o una canción de cuna.
En medio de aquellos sueños llegó el anochecer, y apareció Martha con una luz; me vestí rápidamente con su ayuda y, sintiéndome mucho más fuerte que por la mañana, bajé sola al salón azul.