Villette
Villette El doctor John, al parecer, había terminado su ronda de visitas antes de lo habitual; su silueta fue lo primero que vi al entrar en la estancia; se hallaba en el hueco de la ventana que había frente a la puerta, leyendo detenidamente el periódico bajo la luz agonizante del crepúsculo. El fuego ardía en la chimenea, pero la lámpara de la mesa seguía apagada y todavía no habían traído el té.
En cuanto a la señora Bretton, mi diligente madrina —que, según me enteré después, había pasado todo el día al aire libre—, estaba ahora recostada en su sillón, durmiendo una pequeña siesta. Cuando su hijo me vio, vino a mi encuentro. Reparé en lo cuidadosamente que andaba para no despertar a su madre; también me habló susurrando: su voz siempre resultaba melodiosa, pero modulada así parecía destinada a calmar más que a interrumpir un sueño.