Villette
Villette —No es culpa de madame Beck —exclamé—, ningún ser viviente tiene la culpa, no quiero que acuse a nadie.
—Entonces, ¿quién ha obrado mal, Lucy?
—Yo, doctor John, yo; y una gran abstracción sobre cuyos anchos hombros me gusta lanzar montañas de reproches, como si los hubieran esculpido para soportar su carga: yo y el Destino.
—Pues ese «yo» debe cuidarse mejor en el futuro —dijo el doctor John, sonriendo—. Un cambio de aires, un cambio de escenario; eso es lo que prescribo —continuó el joven y práctico doctor—. Pero volvamos a lo nuestro, Lucy. Père Silas, con todo su tacto (dicen que es jesuita), no le dio un consejo demasiado atinado; pues, en vez de regresar a la rue Fossette, sus febriles vagabundeos… DebÃa de tener una fiebre muy alta…
—No, doctor John, la fiebre habÃa remitido aquella noche… no finja que deliraba, sé que no es cierto.