Villette
Villette —¡Muy bien! ¡No hay duda de que estaba usted tan serena como yo en estos instantes! Sus vagabundeos la llevaron en dirección opuesta al internado. Cerca de la iglesia de las Beguinas, bajo una lluvia torrencial y un fuerte viento, perdida en medio de la oscuridad, se desvaneció y cayó al suelo. El sacerdote se apresuró a socorrerla y el médico, como ya sabemos, pasó por allÃ. Entre los dos conseguimos un coche de punto y la trajimos a La Terrasse. A père Silas, a pesar de su edad, le habrÃa gustado subirla personalmente en brazos y acostarla en ese sofá. Y se habrÃa quedado con usted hasta que recobrara el conocimiento; yo también lo hubiera hecho, pero, en ese momento, llegó un mensajero de la casa del paciente moribundo que yo acababa de dejar. Se requerÃan nuestros últimos servicios: la última visita del médico y el último sacramento del sacerdote; la extremaunción no podÃa aplazarse. Père Silas y yo nos marchamos juntos y, como mi madre estaba pasando la tarde fuera, la dejamos al cuidado de Martha, a quien di unas instrucciones que, al parecer, siguió con éxito. Y ahora, dÃgame, ¿es usted católica?