Villette
Villette Fue un grito largo y ronco, una especie de «¿Por qué me has abandonado?». En los minutos siguientes, percibí su terrible sufrimiento. En aquel breve lapso de su vida infantil, experimentó unas emociones que otros no llegan a sentir jamás; era propio de su naturaleza y conocería otros instantes parecidos si vivía muchos años. Nadie dijo nada. La señora Bretton, que era madre, derramó algunas lágrimas. Graham, que estaba escribiendo, levantó la vista para mirar a Polly. Yo, Lucy Snowe, conservé la calma.
La pequeña criatura, no teniendo quien la importunara, hizo por sí misma lo que nadie más podía hacer: enfrentarse a un sentimiento insoportable y, en poco tiempo, dominarlo en cierta medida. Aquel día no aceptó el consuelo de nadie, ni tampoco al día siguiente; después se volvió más pasiva.
La tercera tarde, estaba sentada en el suelo, silenciosa y extenuada, cuando entró Graham y la cogió dulcemente en brazos sin decir una palabra. Ella no se resistió, sino que se acurrucó en sus brazos como si estuviera muy cansada. Cuando el joven se sentó, la pequeña apoyó en él su cabeza; no tardó en quedarse dormida, y Graham subió las escaleras para llevarla a la cama. No me sorprendió en absoluto que, a la mañana siguiente, lo primero que preguntara fuese:
—¿Dónde está el señor Graham?