Villette

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Esa pequeña escena tuvo lugar por la mañana; tenía que ver nuevamente a Graham al anochecer, y entonces comprendí hasta qué punto le había herido. No era un hombre hecho de arcilla normal, ni de materiales groseros; si los contornos de su naturaleza habían sido trazados con líneas gruesas y vigorosas, su interior mostraba en cambio una delicadeza casi femenina: un refinamiento mucho mayor del que uno podía esperar, del que uno podía creer inherente a él, incluso después de conocerle muchos años. Lo cierto es que, hasta que algún contacto demasiado brusco con sus nervios delataba una profunda sensibilidad, nadie adivinaba la complejidad de su carácter; sobre todo porque su temperamento no era especialmente comprensivo: percibir y entender al vuelo los sentimientos de los demás son dos habilidades diferentes; pocas personas atesoran las dos, algunas carecen de ambas. En el doctor John, la primera de ellas alcanzaba una perfección exquisita; y, puesto que he reconocido que no poseía en igual grado la segunda, espero que el lector tenga la consideración de no exagerar y juzgarlo antipático e insensible: por el contrario, era un hombre afable y generoso. Si alguien le daba a conocer sus necesidades, él abría la mano. Si alguien expresaba su dolor, él le escuchaba. Pero si alguien esperaba refinamiento en sus percepciones o milagros en su intuición, se llevaba un desengaño. Aquella noche, cuando el doctor John entró en la habitación y se acercó a la lámpara, comprendí con una mirada todo lo que ocurría en su interior.


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