Villette
Villette Quien le había llamado «esclavo» y le había manifestado su falta de respeto, debía de inspirarle sentimientos muy extraños. Es posible que el epíteto fuera justo y la falta de respeto, merecida; él no lo negaba: incluso estuvo dando vueltas a esa degradante posibilidad. Buscó en esa acusación la causa del infortunio que tanto turbaba su paz espiritual. En medio de la angustia de un soliloquio condenatorio, se mostró grave, tal vez frío, con su madre y conmigo. Y, sin embargo, no albergaba malos sentimientos, ni guardaba rencor, ni había mezquindad en su semblante, que, incluso sumido en el abatimiento, seguía siendo el más hermoso que pueda tener un hombre. Cuando acerqué su silla a la mesa, lo que hice en seguida para adelantarme a la criada, y le pasé el té con tembloroso cuidado, él me dijo:
—Gracias, Lucy —en el tono más amable que jamás había oído de su melodiosa voz.