Villette
Villette Levantó la vista del libro; sus ojos no eran frÃos ni malévolos, su boca no reflejaba el menor cinismo; estaba dispuesto a escuchar lo que yo tuviera que decirle: su espÃritu era de una cosecha demasiado dulce y generosa para agriarse con un trueno.
—Doctor Bretton, perdone mis impulsivas palabras, se lo ruego.
Al oÃrme, sonrió.
—Quizá las merezca, Lucy. Si usted no me respeta, estoy seguro de que es porque no soy respetable. Me temo que soy un necio: debo de estar obrando con mucha torpeza, pues, cuando deseo agradar, no lo consigo.
—Vamos, no diga eso; y, aunque fuera asÃ, ¿serÃa culpa de su carácter o de la perspicacia de otra persona? Pero, ahora, déjeme retirar cuanto dije en un momento de enojo. Le respeto profundamente en todos los sentidos. Si no tiene muy buen concepto de sà mismo, y exagera la valÃa de los demás, ¿qué es eso sino una muestra de excelencia?
—¿Acaso puede exagerarse la valÃa de Ginevra?
—Yo creo que sÃ; usted cree lo contrario. Respetemos nuestras diferencias. Perdóneme, se lo ruego; es lo único que le pido.
—¿Piensa que puedo guardarle rencor por unas palabras acaloradas?