Villette
Villette Graham demostró la excelencia de su naturaleza tratándome a partir de entonces con más amabilidad que antes de nuestro malentendido. Es más, el mismo episodio que, teóricamente, deberÃa habernos alejado el uno del otro, cambió de algún modo nuestras relaciones; pero no en el doloroso sentido que yo habÃa previsto. Hasta entonces, siempre parecÃa haberse interpuesto entre los dos algo invisible, pero frÃo, muy ligero y transparente, casi gélido: una especie de cortina de hielo. Aquellas breves y acaloradas palabras, que sólo la ira me habÃa empujado a pronunciar, empañaron la frágil capa de escarcha de nuestras reservas; y ahora ésta se habÃa derretido por completo. Creo que, desde aquel dÃa, y mientras duró nuestra amistad, jamás volvió a mostrarse ceremonioso conmigo. ParecÃa saber que, aunque sólo hablara de sà mismo y de las cosas que a él le interesaban, mis expectativas se veÃan colmadas y mis deseos, satisfechos. Por ese motivo, como es natural, seguà oyendo hablar a todas horas de «Ginevra».