Villette

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¡Ginevra! A él le parecía tan hermosa y tan buena; hablaba con tanta ternura de su encanto, de su dulzura, de su inocencia, que incluso yo, a pesar de lo bien que conocía la realidad, empecé a imaginar una especie de aureola alrededor de su figura. Aun así, lector, nada me impide confesar que el doctor John decía muchas tonterías; pero yo me esforcé por ser sumamente paciente con él. Había aprendido la lección: sabía lo doloroso que era para mí contrariarle, entristecerle o decepcionarle. En un sentido nuevo y muy extraño, me volví terriblemente egoísta e incapaz de negarme la satisfacción de contentar su ánimo y someterme a su voluntad. Seguía encontrando de lo más absurdo que él se empeñara en dudar de su capacidad para ganar al final el corazón de la señorita Fanshawe, y que se desesperara por ello. Me obstiné en la idea de que ella sólo coqueteaba con él para mortificarle y de que, en el fondo, codiciaba todas y cada una de sus palabras y de sus miradas. A veces Graham me hostigaba, a pesar de mi determinación de escuchar y soportar; y, en medio del placer indescriptible y agridulce de escuchar y soportar de aquel modo, él golpeaba hasta tal punto en el pedernal que sostenía mi firmeza que parecían saltar chispas. Cierto día le dije, con el fin de aplacar su impaciencia, que estaba convencida de que la señorita Fanshawe tenía intención de aceptarle en el futuro.


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