Villette

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—No pienso callarme, y me propongo seguir: ha llenado usted las manos de Ginevra más veces de las que yo puedo contar. Ha buscado usted para ella las flores más costosas; se ha estrujado la cabeza para idear los regalos más delicados: esos que sólo las mujeres saben imaginar; y, además, la señorita Fanshawe posee una serie de aderezos que muestran que su generosidad raya en la extravagancia.

El pudor que Ginevra nunca había manifestado en aquel asunto hizo enrojecer el rostro de su admirador.

—¡Qué tontería! —exclamó, dando un violento corte con mis tijeras a una madeja de seda—. Se los regalé porque quería: ella me hizo un favor al aceptarlos.

—Le hizo más que un favor, doctor John: se comprometió a darle algo a cambio; y, si no puede ofrecerle su cariño, debería entregarle unos rouleaux[162] de monedas de oro, como si se tratara de un negocio.

—Pero usted no la comprende; es demasiado desinteresada para preocuparse de mis regalos, y demasiado ingenua para adivinar su valor.

Me eché a reír: había oído comentar a Ginevra el precio de cada joya; y sabía bien que, a pesar de su juventud, las dificultades económicas, el valor del dinero, y los planes y esfuerzos para conseguirlo, habían sido durante años su mayor estímulo y el centro de sus pensamientos.


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