Villette
Villette —DeberÃa haberla visto —prosiguió él— cuando yo dejaba alguna nimiedad en su regazo; tan frÃa, tan indiferente: no mostraba el menor entusiasmo, ni miraba el obsequio complacida. Sólo a regañadientes, para que no me sintiera dolido, me permitÃa colocar el ramillete junto a ella y tal vez accedÃa a llevárselo. Y, cuando lograba ponerle una pulsera en su brazo de marfil, por muy bonita que fuera (y yo siempre elegÃa cuidadosamente una que me gustara y que, por supuesto, no careciera de valor), los destellos nunca deslumbraban sus brillantes ojos: apenas dirigÃa una mirada a mi regalo.
—Entonces, naturalmente, como no sabÃa apreciarlo, ¿se lo quitaba para devolvérselo?
—No; era demasiado buena para rechazarlo. Se dignaba olvidar mi comportamiento, y se quedaba con el regalo con una indiferencia propia de una dama. En esas circunstancias, ¿cómo puede un hombre considerar un indicio favorable la aceptación de sus regalos? Por mi parte, aunque le ofreciera todo lo que tengo y la señorita Fanshawe lo aceptase, es tan grande su incapacidad de dejarse influir por consideraciones sórdidas que no me atreverÃa a pensar que tal operación iba a acercarme un solo paso a ella.
—Doctor John —empecé a decir—, el amor es ciego…