Villette
Villette Hice lo que me pedÃa. No parecÃa probable que monsieur Paul Emanuel (se trataba de él), a su regreso de Roma, y ahora un hombre viajado, estuviera más dispuesto a tolerar una insubordinación que antes de que esa distinción adornara sus sienes.
—PermÃtame que la lleve con su grupo —exclamó, mientras cruzábamos la sala.
—No tengo grupo.
—¿No estará sola?
—SÃ, monsieur.
—¿Ha venido sin nadie que la acompañe?
—No, monsieur. Me trajo el doctor Bretton.
—El doctor Bretton y su madre, como es natural…
—No; sólo el doctor Bretton.
—Y ¿le dijo que mirara ese cuadro?
—De ningún modo: lo descubrà yo sola.
Monsieur Paul tenÃa el pelo tan corto como el plumón de un cuervo; de lo contrario estoy segura de que se le habrÃa erizado. Al adivinar sus propósitos, experimenté cierto placer en conservar la calma y sacarlo de quicio.
—¡El atrevimiento isleño es realmente pasmoso! —exclamó el profesor—. Singulières femmes que ces Anglaises[168]!
—¿Qué ocurre, monsieur?