Villette

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La alianza así sellada no se disolvió fácilmente; muy al contrario, parecía que el tiempo y las circunstancias contribuían a cimentarla. A pesar de la disparidad de edad, sexo, intereses, etcétera, parecían tener muchas cosas que decirse. En cuanto a Paulina, observé que nunca mostraba su verdadero carácter, salvo con el joven Bretton. Una vez que se sintió cómoda en la casa y se acostumbró a ella, fue muy dócil con la señora Bretton; pero se pasaba el día sentada en un taburete a los pies de ella, aprendiendo sus tareas, o cosiendo, o haciendo dibujos en una pizarra, sin manifestar jamás el menor destello de originalidad ni mostrar las peculiaridades de su naturaleza. Dejé de observarla en tales circunstancias; no resultaba interesante. Sin embargo, en cuanto Graham llamaba a la puerta al anochecer, se producía un cambio; Polly acudía al instante a lo alto de la escalera. Por lo general, lo recibía con una reprimenda o una amenaza.

—No te has limpiado bien los zapatos en el felpudo. Se lo diré a tu madre.

—¡Pequeña metomentodo! ¿Estás ahí?

—Sí, y no podrás cogerme. Estoy mucho más arriba que tú —exclamaba, asomándose por entre los barrotes de la barandilla (no alcanzaba a mirar por encima de ella).

—¡Polly!


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