Villette
Villette —¡Mi querido muchacho! —asà se dirigÃa muchas veces a él, imitando a la señora Bretton.
—Estoy a punto de desmayarme de cansancio —declaraba Graham apoyándose en la pared del pasillo, fingiendo agotamiento—. El doctor Digby (el director del colegio) me ha hecho trabajar tanto… Baja y ayúdame a llevar el libro.
—¡Ah! ¡Qué astuto eres!
—En absoluto, Polly; es la verdad. Estoy tan débil como un junco. Baja.
—Tus ojos son tranquilos como los de un gato, pero luego saltarás.
—¿Saltar? Nada de eso; va contra mi carácter. Venga, baja.
—Quizá baje, si me prometes no tocarme, ni levantarme por los aires y hacerme dar vueltas.
—¿Yo? ¡SerÃa incapaz! —decÃa el joven, desplomándose en una silla.
—Entonces deja los libros en el primer escalón y aléjate tres yardas.
Hecho esto, Polly descendÃa con cautela y sin apartar los ojos del agotado Graham. Por supuesto, al acercarse ella, Graham parecÃa revivir: carreras, saltos y brincos estaban asegurados. Unas veces la niña se enfadaba; otras, lo dejaba pasar sin más y, cuando conducÃa a Graham escaleras arriba, la oÃamos decir: