Villette
Villette Dimos una vuelta por el museo; era muy agradable visitarlo con Graham. Me encantaba oír sus opiniones sobre cuadros y libros, porque, sin pretender ser un entendido, expresaba su propio parecer, que siempre era original: sus comentarios eran con frecuencia justos y atinados. También era muy grato contarle algunas cosas que él no sabía… ¡escuchaba de un modo tan cortés y educado! No parecía temer que, al inclinar su hermosa y brillante cabeza para recibir las confusas y balbuceantes explicaciones de una mujer, pudiera peligrar su dignidad masculina. Y cuando él puntualizaba algo, lo hacía con una lúcida inteligencia que dejaba sus palabras grabadas en la memoria: jamás olvidé ninguna de sus observaciones, ninguno de sus comentarios.
Cuando salimos a la calle, le pregunté qué opinaba del cuadro de Cleopatra (después de hacerle reír contándole cómo el profesor Paul Emanuel me había enviado a un rincón, y de mostrarle la dulce serie que me había aconsejado mirar).
—¡Bah! —exclamó él—. Mi madre es mucho más guapa. He oído a algunos petimetres franceses referirse a ella como le type du voluptueux; si es así, lo único que puedo decir es que le voluptueux no es de mi gusto. ¡Compare a esa mulata con Ginevra!