Villette
Villette —A decir verdad, sin exageraciones ni romanticismos, hubo un momento hace seis meses en que la creà divina. ¿Recuerda nuestra conversación sobre los regalos? No fui completamente sincero con usted al hablar de ese tema: me divirtió su vehemencia. Para aprovechar al máximo su buen juicio, dejé que me creyera más en la oscuridad de lo que realmente estaba. Gracias a esa prueba de los regalos, me di cuenta por primera vez de que Ginevra era un ser mortal. Pero seguÃa fascinándome su belleza: hace tres dÃas… hace tres horas, yo era su esclavo. Al verla esta noche, triunfal en su hermosura, mis sentimientos le han rendido homenaje; de no haber sido por un desafortunado gesto de desdén, seguirÃa siendo el más humilde de sus siervos. PodrÃa haberse burlado de mà y, aun hiriéndome, no me habrÃa perdido: habrÃa necesitado más de diez años para conseguir conmigo lo que, en un momento, ha conseguido con mi madre.
Guardó unos instantes de silencio. Nunca habÃa visto tanto fuego y tan poco sol en los ojos azules del doctor John.
—Lucy —prosiguió—, mire bien a mi madre y dÃgame objetivamente, sin miedo, cómo la ve esta noche.
—Igual que siempre… una respetable señora inglesa de clase media; bien vestida, aunque con sobriedad, nada pretenciosa, de naturaleza alegre y apacible.