Villette

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No sé cómo hubiera terminado la frase, pues, en aquel momento, estuvieron a punto de tirarme al suelo entre los pies de la muchedumbre. Monsieur Paul había pasado bruscamente a mi lado, y avanzaba a empujones, indiferente a la seguridad y al bienestar de cuantos le rodeaban.

—Creo que incluso él mismo se llamaría méchant[180] —señaló el doctor Bretton.

Yo estuve de acuerdo.

Poco a poco y con gran dificultad, conseguimos recorrer el pasillo y llegar a nuestros asientos. La rifa duró casi una hora; fue muy animada y divertida; como todos teníamos boletos, compartimos la esperanza y el miedo cada vez que el bombo giraba. Dos niñas de cinco y seis años sacaban los números; y los premios se anunciaban en el escenario. Eran muy numerosos, aunque de escaso valor. Tanto el doctor John como yo ganamos uno: el mío fue una pitillera; el suyo un tocado femenino, una especie de turbante azul plateado, de lo más etéreo, con una pluma a un lado, como una ligera nube de nieve. Se mostró ansioso por hacer un intercambio; pero no logró convencerme y aún hoy conservo mi pitillera: cuando la miro, recuerdo los viejos tiempos y una velada muy feliz.


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