Villette
Villette Graham estuvo muy animado toda la velada, y su alegría parecía sincera y espontánea. Su conducta, la expresión de su rostro, son difíciles de describir; había en ellas algo peculiar y, en cierto modo, original. Reflejaban un dominio muy poco común de las pasiones, y un caudal de profunda y vigorosa fortaleza que, sin necesidad de esfuerzos heroicos, vencía a la Decepción, arrancándole de raíz sus colmillos. Su actitud traía a mi memoria las cualidades que yo había percibido en él cuando atendía a los pobres, a los malhechores y a los infelices de la Basse-Ville: se mostraba al mismo tiempo paciente, amable, decidido. ¿Acaso se podía evitar cogerle cariño? No parecía haber en él esas debilidades que hostigan todos nuestros sentimientos con consideraciones sobre el mejor modo de apuntalar sus titubeos; jamás permitía que su ira destrozara la calma o apagase el entusiasmo; de sus labios no escapaban esas frases cáusticas que queman hasta los huesos; sus ojos no lanzaban esos dardos fríos, oxidados, venenosos, que atraviesan los corazones: a su lado se encontraba descanso y refugio, a su alrededor brillaba el sol.